Cómo dejar de apurar a los niños

Casi a diario nos encontramos en alguna situación en las que queremos hacer una cosa y nuestra hija quiere otra distinta. Muchas veces, esos distintos intereses son fácilmente compatibles, pero otra muchas toca decidir qué haremos ahora y qué haremos después. O qué haremos y qué dejaremos de hacer. ¿Cómo llegar a ese acuerdo de una manera equitativa?

Poniéndonos en situación

Hace poco me encontré con una típica situación en la que todo padre o madre nos hemos visto alguna vez. Estábamos en casa de unos amigos y llegó el momento en el que yo decidí que era la hora de irnos. Al comentárselo a mi hija, de 4 años, me dijo que ella no quería marchar.

Entendí que en ese momento ella estaba entretenida y yo realmente no tenía prisa. Me dijo que quería quedarse un poco más y accedí. Así que pasó un rato y le pregunté si ya había pasado el tiempo que ella necesitaba.

En ese momento, ella estaba jugando con un Lego, y me dice que aún no, que no quiere marchar, que quiere terminar el juego que ha empezado. Además su amiga se había unido al juego y juntas querían acabar lo empezado.

Evidentemente, yo no tenía ni idea en ese momento de cuánto tiempo podrían tardar. Le digo que en unos minutos volvería a avisarle y que me gustaría que marchásemos a casa, pues quería descansar antes de la hora en la que había quedado para una reunión.

Pero realmente, yo no tenía prisa. Eran las 15:00 horas y mi reunión era a las 19:30.

¿Qué hice entonces?

Mientras esperaba, algunas personas me preguntaron: “¿pero por qué no la coges y ya está?”

Yo estoy convencido que su tiempo vale tanto como el mío. Quería marchar para tomarme la tarde con más tiempo, descansar y tal vez hacer alguna cosa que no tenía programada. Pero no tenía urgencia, ni prisa real que me impidiese esperar a que terminase su juego. Entonces, ¿para qué apurarla?

Así, le expliqué tranquilamente al resto de personas por qué no la cogía y ya. Les conté lo que pensaba sobre el tiempo, sobre cómo de importante puede ser ese momento para ella. Y que ademas, yo realmente no tenía prisa, era más un querer irme. Por tanto, si para ella también era importante acabar ese juego con su amiga, su tiempo era igual de valioso que el mío.

Es cierto, que habíamos llegado a unos cuantos acuerdos y todavía no se habían cumplido, pero, ¿cuál era mi expectativa? Claro que quiero que cumpla con sus acuerdos, pero sin olvidarme de que tiene cuatro años. Su noción temporal no tiene nada que ver con la mía, y ella no puede ponerse en mi lugar si yo no lo hago en el suyo.

Prisa y niños nunca es buena combinación. Así que la mejor opción fue tomarme un café y esperar otro poco más. Darle su tiempo, y por fin, cuando terminó su juego con el Lego, me dijo que había terminado. Pensé que de esa diría que nos íbamos, pero ella quería empezar otro juego y seguir allá la tarde.

En ese momento, le comenté que ya no quería esperar más, que llevaba un tiempo allí, intentando llegar a un acuerdo, que no tenía prisa pero quería irme ya, para descansar antes de la reunión y hacer algunas cosas. Le dije también que entendía que estaba ilusionada por seguir allí jugando, y que en esa ocasión ya nos íbamos a ir.

¿Cuánto vale el tiempo de un niñx?

Las personas adultas con nuestra prisa y nuestra educación pensamos, sin darnos cuenta, que el tiempo de lxs niñxs es menos valioso que el nuestro. ¿Por qué pensamos que el tiempo de los adultos es más importante o urgente que el de los niñxs? ¿Porque es más ‘productivo’?

Sin embargo, ¿cómo podríamos valorar lo importante que es una actividad o un momento para nuestrxs hijxs o para nuestrxs alumnxs?

Creo que es importante reflexionar sobre ello. Es necesario tener en cuenta el tiempo si queremos educar con amor, respeto y coherencia y si queremos respetar los ritmos, intereses y necesidades.

Sin darnos cuenta caemos una y otra vez en la misma situación. Porque,  ¿cuántas veces nos vemos metiendo prisa a nuestxs hijxs cuando realmente no tenemos esa urgencia? Tomemos consciencia de esos momentos para lograr minimizarlos.

No apurar a los niños

¿Cómo relativizar nuestra prisa?

En muchas ocasiones, abandonar esa prisa falsa es sencillo siguiendo unos pasos:

    • Párate a pensar cuánto de importante y urgente es aquello que quieres hacer.

    • Si no tienes prisa real, pregúntate “¿Es una relación de poder, donde lo que quiero es que el niñx me haga caso y obedezca?”

    • Ponte en su lugar: ¿qué está sintiendo tu hijx? ¿cuánto de importante es, para él o ella, lo que está haciendo? Acepta esa importancia. Nunca sabemos qué conexiones neuronales y qué pensamientos y proceso cognitivo, físico o social puede estar desarrollando interiormente. Así que, ¿por qué cortarlo?

    • Dale el valor que tiene a su tiempo, que es tan importante como el tuyo. No lo menosprecies.

    • Llega a un acuerdo… y no esperes que lo cumpla. Eso es algo que se aprende poco a poco con tiempo, paciencia y sobre todo, con el ejemplo y el respeto.

    • Muéstrale que entiendes lo importante que es para él o ella lo que está haciendo y explícale lo importante que es para ti hacer también las otras cosas. Simplemente, no lo hagas con el fin de que te obedezca, sólo como medio de comunicación. Es una manera de mostrar empatía y aceptación, de afianzar vuestra buena relación.

    • Explica tu necesidad y haz una petición para lograr satisfacer esa necesidad. Puede ser que logres su colaboración o no. Se trata de expresar lo que sentimos y respetar la decisión de la otra persona.
    • Si quieres respeto, primero muestra cómo se hace. Es decir, respeta tú primero. Y nuevamente, no esperes que después te obedezca. El respeto no es eso, es algo que se logra con el tiempo.

¿Y si realmente tengo prisa y no puedo esperar?

Bien, realmente hay ocasiones en las que es inevitable cortar la actividad, porque realmente tenemos una urgencia o una prisa auténtica. Entonces, encontremos la manera de comunicárselo a tiempo y de la manera más respetuosa posible. Expliquémosle que en esta ocasión no podemos ofrecerle el tiempo que nos está pidiendo. Siempre con amor, respeto y poniéndonos en su lugar, entendiendo su reacción y su decisión y aceptando cualquier emoción que pueda tener. Acompañar y validar esa emoción hará que conectemos con nuestrsx hijx y podamos entender lo que pueda estar sintiendo.

Jose Ramón Fernández

Desaprendiz pedagógico at Desaprendiendo Para Aprender
Educador social con larga experiencia endiversos ámbitos educativos.
Considera el acompañamiento emocional el eje básico en cualquier proceso de aprendizaje.
Actualmente, es acompañante de un proyecto de educación libre en la naturaleza.