Tic, Tac, Tic, Tac, Tic, Tac…

El reloj marca las horas, el tiempo pasa rápido. Vivimos a un ritmo casi frenético, impuesto por una sociedad que se enfoca en los resultados a corto plazo.

Desde bien pequeños, ya comienza la carrera. Horarios, presiones, resultados inmediatos, exámenes, castigos, premios. No vemos más allá. La vida se convierte en una carrera por cumplir expectativas, por cumplir deseos de otros.

Nos han educado para ello. El bueno igual al obediente. El malo, el que no hace caso, se despista, no atiende… ¿Y dónde quedan las necesidades y los ritmos de cada uno? ¿dónde quedan las decisiones propias?

La mayoría de los niños viven en una realidad muy parecida a la de un adulto trabajando en un fábrica. Se levantan, desayunan, se visten, se asean y corriendo para llegar a su ‘trabajo’: el cole.

Allí pasan horas y horas haciendo, en la mayor parte de los casos, lo que otros les dicen que tienen que hacer.

Son pocos los momentos en los que pueden tomar decisiones, más allá de si usan un color u otro, o qué quieren hacer en el rato de descanso o recreo, si es que no son castigados.

Después, la rutina sigue, y hay que volar al ritmo del adulto: tareas de casa, compras, visitas, trabajo… Sin darnos cuenta, metemos a la infancia en una espiral de deberes y quehaceres que no les corresponde. Aun cuando en la tarde tengan otro breve recreo para ir al parque.

Por supuesto, muchos niños y niñas, también tienen actividades de tarde. En ocasiones por propios intereses, lo cual es fantástico.  Sin embargo, la mayoría de las veces los niños van a estas actividades por necesidad familiar de organización, y por expectativas y deseos de las personas adultas. 

Después llega la hora de la merienda, de la cena, del baño, del cuento, de ir a la cama… Y así un día detrás de otro.

Al final del día, ¿cuánto tiempo real han tenido nuestros hijos  e hijas para satisfacer sus deseos, sus necesidades y sus intereses ?

 En ocasiones, solemos tomar decisiones por nuestra sensación de falta de tiempo y acabamos actuando con prisa,como si nuestro tiempo valiera más que el suyo. Te invito a que profundices en ese tema en este otro post, «Niños y prisa, ¿vale más su tiempo o el tuyo?»

Y entonces, día tras día, año tras año, nuestros hijos crecen y han pasado toda su infancia atendiendo a los deseos de otros, haciendo actividades impuestas, siguiendo el ritmo adulto. En definitiva, siguiendo las expectativas y necesidades de la sociedad y la familia.

¿Cuantas decisiones importantes han podido tomar en su vida? y de pronto, llegan a la adolescencia, o pasan al instituto, o incluso a la Universidad y se les pregunta, y ahora ¿qué quieres hacer? ¿qué quieres ser? ¿qué quieres estudiar?

WOW toda una vida diciéndoles, QUÉ, CÓMO, CUÁNDO, CON QUIÉN y DÓNDE tienen que hacer y, ahora, les dejamos la responsabilidad y la decisión de su futuro en sus manos…  ¿cómo pueden hacerlo “bien”?

Mejor tarde que nunca, pero, ¿no sería más lógico “entrenar” en esta habilidad? Por el camino, les hemos cortado, coaccionado, presionado, exigido, corregido y ahora queremos que sepan ser autónomos, autosuficientes, decididos, con la autoestima alta, empoderados, líderes, que sepan tomar decisiones importantes y, vete a saber cuantas cosas más.

En realidad les hemos estado educando para ser obedientes, sumisos, complacientes, dependientes… pero no nos hemos dado cuenta. Hemos seguido reproduciendo lo que nosotros hemos aprendido y lo que la sociedad marca como lo establecido, lo correcto y por donde no debemos salirnos.

Ha llegado el momento de replantearnos las cosas, para poder tomar decisiones y tener una autoestima alta, y sentirnos bien con nosotros mismos, debemos desde pequeños “entrenar” esta habilidad.  

 

Por lo tanto es esencial que nuestros hijos puedan decidir desde pequeños, y que puedan hacerlo sin juicios. Y es que hay muchas decisiones que realmente les pertenecen: qué actividades quieren hacer, qué ropa les gusta y se quieren poner, con quién quieren pasar su tiempo, qué quieren aprender, a qué quieren jugar. Hay muchas decisiones que pueden hacer a lo largo del día desde que son pequeños.

Mi hijo de un año elige la ropa que quiere ponerse muchos días. -Quizá algún día lleve puesta dos camisetas de manga corta, o quizá se pone una falda encima de un pantalón… ¿Y?, ¿que tiene de malo? debemos relativizar lo que realmente es importante o lo que realmente puede conllevar algún riesgo no asumible”

Pero el hecho de tomar decisiones desde pequeños, les hace sentirse tenidos en cuenta, escuchados, valorados. Así, su autoestima se hace grande, gigante y no tendrán miedo a tomar decisiones importantes.

Simplemente las tomarán pero además aprenden a valorar los riesgos, a tenerlos en cuenta y a asumirlos o cambiar de idea. Siempre que les acompañemos en este proceso con amor, sin juicios, sin reprimendas.

Por supuesto, como siempre, alguien puede pensar, ¿entonces les dejamos hacer todo lo que quieran?

No, no estoy diciendo eso. No creo que podamos dejarles hacer todo lo que quieran. Creo que debemos repensar, reflexionar y cuestionar, qué podemos flexibilizar y relativizar qué es lo que pueden elegir y qué no. Habrá situaciones en la que no estamos dispuestos a asumir un riesgo o que veamos un peligro real y nuestros hijos no, entonces ahí podemos siempre actuar.

También hay decisiones que directamente no les toca a ellos asumir, y hacerlo sería cargarles con una responsabilidad que no les corresponde.

Lo que planteo es que lo tengamos en cuenta, y veamos la importancia que tiene la toma de decisiones en la vida de nuestros hijos.

Pero aún hay más. No sólo es de cara al futuro o en cuestión de la importancia de aprender a tomar decisiones desde el empoderamiento y la responsabilidad. Es que además, la toma de decisiones por parte de nuestros hijos en el día a día, les ayuda a sentirse bien, a sentirse parte, escuchados y valorados. Como decía, a ser tenidos en cuenta.

Y ¿quién no querría sentirse así?

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Jose Ramón Fernández

Desaprendiz pedagógico at Desaprendiendo Para Aprender
Educador social con larga experiencia endiversos ámbitos educativos.
Considera el acompañamiento emocional el eje básico en cualquier proceso de aprendizaje.
Actualmente, es acompañante de un proyecto de educación libre en la naturaleza.